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EMO
PARABELLUM

- Los fantasmas no existen. - dijo la Doctora Arteaga con tanta seguridad que solté una carcajada. - Una vez que estamos muertos, se acabó. La vida no sigue después de la muerte, por definición, la vida se acaba.

- En eso te doy la razón, Inés. - Doña Lola de María controlaba su tono de voz mejor que la escéptica, a pesar de que tenía menos experiencia ante las cámaras. La máscara que el personaje de Doña Lola de María le otorgaba a mi amiga le inspiraba confianza. No era mi amiga, la gitana vasca que lloraba en su sofá a mi lado mientras veíamos su primera y posiblemente última intervención televisiva. Era la increíble Doña Lola de María, médium, espiritista, capaz de hablar con todos tus muertos con un exótico e indistinguible acento. - La vida se acaba tras la muerte. Pero no la existencia.

- ¿Qué clase de existencia puede haber sin vida, por favor? - La doctora no parecía tan entera como la vidente. No le gustaba estar ahí, se notaba. Pero tenía una cruzada personal por defender el mancillado nombre de la ciencia frente a tantas pseudociencias que intentaban comerle territorio. Desgraciadamente la ciencia era aburrida, y la televisión prefería darle prioridad a las otras. El hecho de que la científica fuese la única representante frente a dos videntes, era una buena muestra representativa. Por suerte para ella, en cuanto empezó el debate El Sacrosanto Gurú Vivek Manish se quedó en silencio, mientras Arancha e Inés discutían.

- Una que aún no hemos aprendido a ver. No todos, al menos, Inés.

- Ya, ¿y quién puede verla? No me lo digas, una caterva de expertos que dicen hablar con tus seres queridos a cambio de un módico precio.

- De algo tenemos que vivir, querida... - la lengua de Doña Lola chasqueó como un látigo que fustigaba a la doctora. - ¿O tú no cobras por dar clases? ¿No recibes dinero por permitir acceder a un conocimiento que has adquirido con esfuerzo y talento? ¿En qué se diferencia tu trabajo del mío?

- ¡En que el mío es verdad, joder! - Inés estaba contra las cuerdas, perdía la discusión y los estribos. Arancha sonrió, la había visto actuar, y sabía que de un momento a otro la Doctora Inés comenzaría a pedir pruebas que demostrasen que los espíritus existían. Mi amiga se adelantó.

- Dame pruebas de que el mío no lo es. - le sonrío. La doctora se quedó tres segundos intentando encajar que habían usado su mejor argumento contra ella. Tres segundos en silencio delante de las cámaras era una eternidad. Era una derrota. Aún así la doctora no se rindió. Era cabezona, me recordaba a alguien.

- ¡Dámelas tú! Contacta con alguno de mis ancestros, pregúntales información sobre mí. Demuéstrame que sabes algo que no deberías saber mientras yo uso este...

- Uno de tus ancestros huyó a Cuba escapando de la guerra... - comenzó Doña Lola de María con un tono grave, Inés frunció el ceño. La médium comenzó a moverse, como poseída. - No... eso es lo que os dijo, pero realmente huyó tras sacar todos los fondos de su empresa dejándola en la bancarrota.

Inés se quedó clavada en el sitio durante un segundo, pero no se amilanó. Esa información era difícil de conseguir, pero no imposible. Y menos si tu mejor amiga era detective. Observó el aparato que tenía delante de ella, que aún no había ni encendido y comenzó a apretar botones.

- Cualquiera que haya buscado en los registros de...

- Y tenías un problema de pequeña, a la hora de dormir... - Inés se puso colorada. - Te orinabas por la noche hasta que cumpliste los...

- ¡¿Quién te ha contado eso?! - estalló. Había registros médicos.

- Tu abuela, era quien te cambiaba los fines de semana... - Mi amiga se la jugó, o había obtenido esa información por otro lado. Yo no había sido. La abuela de Inés había fallecido hacía años, eso sí lo sabía, pero poco más. Una vez que mueren, es trabajo de Arancha. Pero por el momento no había ni que tenido que recurrir a sus verdaderos poderes de médium para casi acabar con la Doctora. Ésta, aún conmocionada, consiguió reaccionar.

- ¿Estás hablando con mi abuela? - miró de reojo su aparato. - ¿Ahora mismo?

- El tiempo es algo relativo, en el más allá. El ahora no existe si no...

- Dime cómo me llamaba cuando me meaba en la cama. - aplaudí la resolución de Inés, incluso en esos momentos, ante las cámaras, usó su vergüenza como un arma.

Doña Lola de María la observó. No había manera de tener esa información. No sin contactar con el Más Allá. Así que fue lo que hizo. En directo. No estaba muy conforme con usar los dotes sobrenaturales ante las cámaras, pero al fin y al cabo, nadie se creía ya lo que veía por la tele. No era arriesgado.

Cerró los ojos, respiró fuerte y se concentró. Respiró un par de segundos en silencio. Abrió los ojos e hizo algo que yo no esperaba. Frunció el ceño.

- Me está costando conseguir...

- Ya, claro, qué casualidad.

Arancha la mandó callar algo nerviosa. Volvió a concentrarse, volvió a llamar a los espíritus. Lo había visto en directo, era algo impresionante. En televisión perdía efecto, en televisión Doña Lola de María estaba demasiados segundos callada y con los ojos cerrados. Arancha, a mi lado, se hizo una bola y se tapó los ojos, incapaz de ver el vídeo.

Doña Lola de María, en la tele, apretó los dientes y dejó escapar un gemido de esfuerzo. Inés también se había callado, miraba su extraño aparato y arqueó una ceja. Los micrófonos comenzaron a captar interferencias e incluso la imagen de la pantalla pareció congelarse durante unos segundos.

Al fin, Doña Lola abrió los ojos, confusa y agotada.

- No, consigo... no consigo contactar con ellos. Con nadie. - su acento falso se levantó y dejó escapar su verdadero acento vasco. La máscara de Doña Lola se resquebrajaba y Arancha se mostró asustada frente a las cámaras. - No puedo...

- Inecia - interrumpió El Sacrosanto Gurú Vivek Manish. - No es un mote muy cariñoso, su abuela debió ser una mujer... interesante.

Arancha, a mi lado, apagó el vídeo y arrojó el mando al suelo.

EMO
PARABELLUM

El fantasma de Media Tarde I


El fantasma del goblin salió correteando por las calles de Teruel, yo comencé a perseguirlo en cuanto pude salir del museo en llamas.

Pero eso no era importante. Lo importante era lo que estaban poniendo en la tele en ese momento.


Armanda a la tarde era un programa de verano venido a más, que había sobrevivido Septiembre y parecía intentar buscar su espacio no caducifolio en la parrilla televisiva. Como formato, era igual de original que la mayoría de programas de media tarde. Como contenido era peor, y ahí radicaba su éxito.

Era un programa lleno de entrevistados a los que les hacían preguntas que le venían varias tallas grandes, lleno de famosos de cuarto y mitad de pelo. Solo la lengua ácida que contenía la engañosamente amable sonrisa de Armanda espoleaba la cantidad de morbo suficiente como para que el programa destacase lo justo para no ser podado por el share.

Era el tipo de programas que yo ni odiaba, porque apenas me enteraba de su existencia. A esas horas prefería quedarme frita en el sofá de mi despacho mientras animales de la sabana pastaban para mi deleite. O, en otras ocasiones, echaba la tarde persiguiendo goblins translúcidos escaleras abajo. Dependía mucho del día.

Pero ese programa en concreto lo vi. Entero. De cabo a rabo. En diferido a través de la web, varias horas después del asunto de Teruel en casa de mi amiga Arancha, pero lo vi. Por que esta vez entrevistaban a alguien a quien quería ver.

La Doctora Inés Arteaga se sentó en uno de los asientos de invitados en cuanto Armanda la introdujo. Se le notaba nerviosa, a pesar de no ser la primera vez que se veía ante los focos del directo. Física, con un currículum lo suficientemente grande como para no poder adjuntarlo en un solo correo. Pero era otro el motivo por el cual la presentadora la había traído al programa: Inés era escéptica profesional.

Me había encontrado varios a lo largo de mi carrera como detective paranormal. Gente bienintencionada, dispuesta a demostrar que las leyendas como los fantasmas o los goblins no existían, usando datos y ciencia. Sus argumentos eran tan convincentes, que si no me estuviese mordiendo en ese mismo instante un goblin fantasma, hasta yo mismo me sentiría obligada a darles la razón.

Concretamente a la mujer, bajita, morena, gafuda, yo la había visto en un par de ocasiones, y me saltaban varias alarmas cuando hablaba de pruebas científicas para demostrar la no existencia de criaturas que a veces yo hasta llamaba amigos.

Pero no era ella a quien quería ver en la tele.

El Sacrosanto Gurú Vivek Manish fue el siguiente invitado de la lista. Otro frecuente de la pequeña pantalla cuya reciente fama lo había sacado de los horóscopos de las tres de la mañana y lo había catapultado a la mediocridad de la mediatarde. No era una buena catapulta, pero tampoco era la peor.

En su rostro, un desdén de suficiencia estudiado para recordarte que sabía algo que tú no sabías o peor aún, algo que sí sabías pero los demás no. Y pagarías lo que fuera por que siguiese así. Ropas tan discretas que parecía que se había peleado con una tienda de disfraces (con dudoso resultado), un turbante engarzado y unas gafas de sol de color vino. Tan recargado que resultaba casi imposible vislumbrar a la persona que se escondía tras el personaje.

Aún desconocía si la naturaleza de sus adivinaciones residía en algún truco barato o en un verdadero poder, pero no me fiaba un pelo de él, y era una persona a la que prefería tener controlada.

Tampoco era la persona por la cual estaba viendo el programa.

Doña Lola de María fue la tercera invitada en sentarse. También Medium, espiritista, le había leído la mano a famosos que Armanda desearía tener en su programa. Se sentó con una dignididad y una elegancia, que contrastaban con las de mi mejor amiga Arancha, mientras lloraba en su sofá, incapaz de ver el vídeo que tanto había insistido en que yo viese con ella. No parecían la misma persona, pero más allá del seudónimo, lo eran.

- No puedo verlo, Vero.

Era ella. Mi mejor amiga. La única razón por la cuál estaba viendo un programa sorprendentemente enervante para lo anodino que era. La única razón por la que estaba en ese sofá, esa misma noche, sentada a su lado, a pesar del mordisco que el hijo de puta del goblin fantasma me había dado en el culo.

Si alguien había hecho daño a mi amiga, lo iba a lamentar.

Y, si me sobraba tiempo, el goblin fantasma también.







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EXONÁUFRAGA
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EXONÁUFRAGA
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