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MOVIDAS

Damián Corto, ventimuchos o treintaypocos, agente de la Guardia Civil, estaba nervioso. Tenía motivos más que de sobra para estarlo. Eran las cinco de la mañana y se encontraba calado hasta los huesos en una patrullera que navegaba las peliagudas aguas cantábricas en la oscuridad. El mar tenía el color del petróleo, pero no su densidad. La superficie era afilada y espumosa y el barco bailaba a la falta de compás de las olas.

Se aferró a su arma esperando que le aportase tranquilidad, pero la muy egoísta hizo lo contrario. Le recordaba que no era un paseo en barco, no era una patrulla normal, era una misión. Su primera misión. La primera en el mar. La primera en la noche. La primera en la que era esperable encontrar hostiles.

El Agente Damián cambió de postura. El chaleco antibalas, el cual esperaba que no tuviese que hacer las veces, además, de chaleco salvavidas, le apretaba. A la vez le venía grande. Miró al resto de agentes, más experimentados a la hora de disimular los nervios que él. Su sargento, cincuentaytantos, moreno, piel curtida, viendo la expresión del joven, le colocó la mano en el hombro de manera tranquilizadora.

Fue inútil. Había alguien más en el barco que intranquilizaba a Damián. No pudo evitar mirarlo. Su sargento le corrigió con la mirada.

- No está aquí. - le recordó su superior. Oficialmente en la patrullera no iba ningún civil armado. Y mucho menos él. Pero era difícil obviar su presencia.

La presencia le devolvió la mirada a través de sus gafas de sol, a pesar de que la noche aún cubría el mar. Damián sintió un escalofrío y optó por volver a mirar a la negra superficie del mar, mucho más misericorde.

El Americano, entre treinta y sesenta años, complexión normal, tez morena, camisa hawaiana, gafas de sol y un flotador de patito, volvió a otear en la oscuridad buscando su objetivo con una sonrisa en la cara. Los demás agentes se esforzaban por igual para evitar mirarlo. No estaba allí. Un civil, especialmente alguien como él, no podía participar en la misión. No estaba dándole órdenes al timonel sobre cuándo girar o qué dirección tomar. No podía ser cierto que le avisase al sargento de que estaban a punto de llegar a su objetivo. No oficialmente.

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NOTICIAS

Pit Arañahuesos se había ahorrado muchas bofetadas en la cara por el asco que daba tocarle. Su rostro inhumano era una jauría de desafortunados rasgos. La nariz, torcida para ambos lados se movía temblorosa cada vez que se ponía nervioso, olisqueaba el aire o simplemente respiraba. Las enormes orejas eran perfectamente asimétricas y presentaban una notable cantidad de agujeros, algunos con pendientes y otros sin ellos. La silueta de su dentadura se asemejaba a una irregular cordillera maloliente. Y así el resto.

Pit Arañahuesos no era humano, pero eso no era excusa.

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